Arte para todos

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Casi de manera desapercibida, muy en sintonía con su condición de espacio subterráneo y, por lo mismo, alejado de la discusión pública (que no es lo mismo que alejado de la multitud), la oficina encargada del programa MetroArte del ferrocarril metropolitano ha cometido los peores atentados que se puedan registrar en nuestra historia reciente contra aquello que precisamente debiera resguardar: el arte. Y lo peor es que lo ha hecho en nombre del arte, con una intención declarada de llevarlo a las masas. Su intención de constituirse en “una de las iniciativas culturales de mayor alcance social y cultural de las últimas décadas” debiera referirse sólo a su llegada a una cantidad de ojos que ninguna otra instalación de arte en Chile ha podido superar, es decir, a un mero éxito cuantitativo. Que ha tenido alcance, se le puede conceder: lo ha tenido; si ello ha sido bueno para el arte, es discutible.

El problema está en un plano un poco más elevado, que probablemente no apela a la mirada del usuario medio que al bajarse del vagón atestado se encuentra de frente a una serie de “obras” puestas en un entorno donde la apreciación de una obra de arte siguiendo los formatos de una galería o un museo simplemente no funciona. Exponer, por ejemplo, cuadros realistas en la estación La Moneda, con baja iluminación y con una barra metálica para impedir que la gente se acerque al cuadro cuando hay cientos de personas caminando a empujones por el andén es, por decirlo de la manera más decorosa, un despropósito.

Pero esto se refiere a un aspecto superficial, que no importa tanto. Lo que verdaderamente importa es preguntarse acerca de la oportunidad (es decir, si es oportuno) de incorporar arte en el espacio público, y la respuesta obvia es afirmativa, por múltiples razones como que el arte no es para estar encerrado en las galerías, que enriquece el espacio público, que democratiza el acceso al arte, etcétera. Y una vez superada esa primera pregunta, la siguiente se refiere a la forma en que el arte se presenta en un espacio público como, por ejemplo, una estación de metro.

Difícilmente puede haber una mejor respuesta que aquella que tuvieron los promotores y constructores del metro en los años setenta, cuando invitaron a artistas plásticos a diseñar los muros interiores de los andenes, con un resultado doblemente exitoso: primero, el arte está precisamente donde está la gente, enriqueciendo el espacio, y no tratando de imponer formatos incompatibles con el uso de un andén; segundo, el arte está ahí sin que sea necesario poner una placa con el nombre del artista, un marco que lo encuadre y una barra metálica delante para que nadie se acerque. Es lo que mejor se acerca a la idea de arte integrado, una idea infinitamente más interesante que colgar un “cuadro” en el muro de la estación, con la pretensión de “llevar el arte al público.”

Hay otros dos problemas que sólo agravan la falta. El primero es la dudosa calidad artística de (casi todas) las intervenciones, al ser fruto de una proposición de un convenio entre empresas –o universidades, en algunos casos– y artistas (donde la segunda intención será relacionada al arte, mientras que la primera probablemente tenga que ver con reducción de bases imponibles y esas cosas), apenas visado por un comité de nueve miembros, de los cuales sólo tres son artistas. El segundo problema es que las intervenciones actuales pasan necesariamente por destruir el diseño original de las estaciones, verdaderas obras de arte representativas de una interesante abstracción que aprovechaba los requerimientos del espacio, y su condición de arte integrado, con piezas de cerámica en relieve ya inexistentes y de alto valor estético. Santiago ha perdido la oportunidad de contar con una línea (la 1, principalmente) con un coherente sentido estético, de gran valor unitario identificatorio con un oficio y una época determinados, que podría haber constituido un importante cuerpo patrimonial de arte urbano que, si se hubiera mantenido, habría sido bastante único en el mundo.

Lo que aparece hoy es una penosa regresión desde el arte abstracto de las estaciones originales (¿esos revestimientos de cerámica? preguntarán los escépticos) al figuratismo banal de las nuevas intervenciones, con aspiraciones de arte total o épico. Se trata al ciudadano común como si no tuviera ninguna capacidad de apreciación artística, y se le da el producto fácil, ya digerido y sin necesidad de reflexión, cuando lo que va quedando más evidente es la incapacidad de los responsables de MetroArte de entender el verdadero sentido del arte público en general, y del arte público en el metro, en particular.

por Maximiano Atria

Arquitecto y Magister en arquitectura (PUC). Profesor del Departamento de Arquitectura FAU.

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