Cuando se incendia un Bosque, en realidad, ¿qué se está quemando?

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Cuando se quema un bosque no sólo árboles son consumidos por el fuego, se quema una fuente de vida. Y el impacto de este desastre trasciende límites tridimensionales que superan con creces la extensión de lo incendiado, resultando muchas veces pérdidas irrecuperables en la escala humana del tiempo tanto para el medio natural como el social.

Los bosques nativos, según las condiciones climáticas bajo las que se han desarrollado poseen características que los hacen únicos e irremplazables en su complejidad en tanto sistemas ecológicos. Cabe precisar que se trata de sistemas bióticos en que coexisten, conviven y se prestan apoyo mutuo, árboles, arbustos, hierbas, enredaderas, helechos, hongos y mucho más, pues además de la multiplicidad de las especies vegetales, también forman parte fundamental del sistema los organismos macroscópicos como animales y aves, los insectos, y los millones de organismos que pululan por dentro del suelo. Sin ellos, la proyección, desarrollo y recuperación del sistema y el desarrollo de la vida sería imposible.

De modo que cuando se incendia o es incendiado un bosque, se quema mucho más que árboles. Pero no sólo ello, pues una foresta cumple funciones climáticas, hidrológicas, ambientales y sociales. Sería largo entrar en el detalle de cada uno de estos roles. Valga indicar que absorben anhídrido carbónico, producen oxígeno, ayudan a controlar la erosión, reducen los riesgos por movimientos en masa, aportan humedad a la atmósfera y refrescan los flujos de aire que circulan por ellos. También son ámbitos de conservación de la biodiversidad. En lo social se puede mencionar la paseabilidad, el ejercicio y la cultura, en fin, entrar en contacto con la naturaleza y comprenderla y valorarla, lo cual tiende un puente fundamental en la convivencia humana.

También se debe comprender los bosques nativos son el resultado de cientos y miles de años de evolución, y que la tendencia del clima, sea por causa natural o asistida por el hombre, los afecta en su supervivencia. Muchas partes en el mundo y en Chile que sufrieron en el pasado el azote del fuego, cualquiera haya sido el origen de este, han visto recuperaciones nulas, parciales o muy degradadas de la flora nativa. Como ejemplo, el bosque templado húmedo austral que se quemó hace muchas décadas en Aisén, y cuyos troncos de maderas nobles aún se observan tirados en el campo, a pesar del tiempo transcurrido nunca se recuperó.

Mucha gente cree que los bosques por los que camina en el sur de Chile son los bosques originales. En realidad, en la mayoría de las partes son renovales, y estos no son ni la sombra de aquellos.

La comprensión del real valor de los bosques nativos en el mundo está llegando demasiado tarde, pues solo queda el 20% de la masa original a nivel global. América latina ostenta una situación bastante mejor, aún queda el 50% del bosque prístino o primarios, pero las tendencias actuales en esta materia nos exhiben como el continente campeón de la deforestación, a diferencia de otros lugares donde se han hecho esfuerzos altamente significativos en reforestación con especies nativas. China en el período 2000-2005 tuvo una ganancia neta de un millón de hectáreas de bosque nativo. Las superficies boscosas europeas siguen su expansión, aunque a un ritmo menor que en los años 90’s.

Sin embargo, el balance es negativo. 6 millones de hectáreas anuales de bosques nativos están siendo destruidas o modificadas y degradadas casi irremediablemente en el mundo.
Frente a este escenario mundial, en términos locales y pese a todo, Chile posee aún importantes áreas de bosque nativo, o al menos de renovales. Sin embargo, su conservación, aunque protegida por ley, está siendo amenazada tanto por su reemplazo por plantaciones forestales, por explotaciones ilegales y, por incendios que, sabido es, en un 99% tienen como causa en descuido o la intencionalidad humana (y eso que nos consideramos seres racionales).

Considerando todo lo que aportan los bosques nativos al medio ambiente natural y social o construido, no cabe duda que quién provoca el incendio de un bosque nativo incurre en un delito que debiera tipificarse como de lesa humanidad y debería sufrir las penas del infierno, entre las cuales la participación obligada en la reforestación y reconstitución del sistema ecológico (dentro de lo posible), dure lo que dure, debiera ser una de ellas.

Los castigos y medidas compensatorias deben tener como prioridad la recuperación del medio natural, de la biosfera, y no obras materiales en otros lugares que en nada aportan a restituir estas fuentes de vida.

por Dr. Francisco Ferrando A, académico Departamento de Geografía

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