El Palacio Iñíguez, un sobreviviente del infierno

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 0.0/7 (0 votes cast)

En el viejo Santiago hay todavía arquitectura valiosa que lucha por sobrevivir. El siglo XIX y los comienzos del XX dejaron un importante caudal de edificios de interés histórico. Entre ellos, los palacios destinados a la plutocracia de la época,  abigarrados y ostentosos en sus fachadas. Pero no por eso menos lógicos y funcionales en su programa arquitectónico. Hay una indiscutible coherencia entre interior y exterior.

Sin cegarse a reconocer que buena parte de la edilicia decimonónica reproduce detalles de la arquitectura europea, por un prurito de ostentación antes que por afanes estéticos, no es menos cierto que se conforma, en la sumatoria de acciones constructivas, un escenario de rara unidad morfológica. Las piezas individuales logran, al final de cuentas, un mosaico homogéneo que justifica plenamente la sobrevivencia. Por eso, las agresiones que se asestan al cada vez más escaso capital chileno resultan lamentables y dolorosas. Perder sus entrañas equivale a perder la mitad de su valor si tomamos en cuenta que existe una indisoluble relación entre el adentro y el afuera.

El Palacio Iñiguez, recientemente víctima de un incendio en sus pisos superiores, se convierte en un objeto de tentación para los recicladores de la era actual, cuya consigna es optimizar el espacio interior sin que ese propósito se acuse en las fachadas. Para mal de ellos, las llamas no fueron suficientemente voraces como para convertir en cenizas todo lo contenido en esa caja muraria. Apenas pudieron con la cubierta y los tabiques interiores de los dos niveles más altos. ¿No será que hay que reconocer, además, que estos vetustos inmuebles están dotados de ciertas cualidades que hablan del oficio de quienes los proyectaron y los construyeron?

Es un hecho que ninguno de estos edificios que supera el siglo de vida cuenta con dispositivos especiales para detectar los incendios ni ha recibido aplicaciones de sustancias que ayuden a retardar la acción del fuego. El palacio Iñiguez, abandonado a su suerte, a expensas de unos habitantes nada corteses con la historia, se convirtió súbitamente en una pira gigante. Y pese a ello, tuvo un comportamiento ejemplar frente al siniestro, sin dejarse avasallar en los elementos propiamente estructurales. Y, sobre todo, impidiendo que la acción ígnea se propagara hasta los edificios contiguos, compañeros solidarios en la conformación de la manzana que con justicia fue declarada Zona Típica en 1983.

Hay, detrás de este luctuoso hecho, una lección de poderosa sabiduría que nos legan los profesionales del pasado: la elección de materiales y la incorporación de elementos constructivos de alta eficiencia. Es el caso de los muros cortafuego. En efecto, la confinación del incendio se debe, en buena medida, a estos paramentos que marcan el límite del edificio y se asoman por encima de la cubierta amansardada. Esa sola definición ha sido determinante en el destino del Palacio Iñiguez y de los edificios vecinos.

Las limitaciones técnicas de la época no fueron obstáculo para que la aplicación de los principios de Vitruvio tuviera aquí su justo lugar. Edificios funcionales, sólidos y de elaborada concepción estética. Sin duda, el Palacio Iñiguez ha superado la prueba y merece la oportunidad de seguir imponiendo su señorío en la esquina de Alameda con Dieciocho.

 Antonio Sahady
Director Instituto  de Historia y Patrimonio FAU

Abril, 2013

Opiniones Relacionadas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *