Espacio Público como Espacio de lo Político. Marchas, tomas y cacerolas como acupuntura para una recuperación

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La Plaza Italia, no caben dudas, jamás fue pensada para estar en ella: surcada por calles y semáforos, es un resabio de los flujos urbanos, sólo preparada para ser mirada al pasar y únicamente interesante en términos referenciales y simbólicos. Por eso, llama la atención que un grupo de “Indignados” haya decidido dormir, comer y hacer asambleas, justamente allí, donde a nadie se le hubiera ocurrido establecerse, sosteniendo durante un par de meses de este año (2011) la laboriosa intención de crear ciudadanía activa en la calle misma.

Del mismo modo la Alameda, antigua arboleda consagrada al paseo peatonal y ahora principal arteria metropolitana, un espacio reservado para los flujos continuos y acelerados, se vuelve un escenario completamente distinto cuando hay marcha y es temporalmente ocupada por la ciudadanía de a pie.
En ambos casos, el espacio de los flujos es súbitamente humanizado: el espacio instrumental, hueco, inerte, es semantizado, se lo llena de recuerdos, historias, momentos. Son sólo un par de horas, pero la alameda no vuelve a ser la misma, se le roba la neutralidad de la hegemonía, se la llena de significados: nos la apropiamos.

Si pensamos bien acerca del concepto de apropiación, lo primero que sale a la luz es que sólo podemos a-propiarnos, es decir, hacer-propio, algo que -en principio- no nos pertenece. Por lo tanto, cada vez que se dice “tenemos que apropiarnos del espacio público” se está cayendo en la tácita reflexión de que ese espacio, en realidad, ni es público ni nos pertenece.

Particularmente efectiva es aquella reflexión en nuestro país, en el cual la idea de espacio público fue deliberadamente desarraigada de la vida cotidiana por las políticas económicas y la brutalidad del orden instaurado en la dictadura militar, suprimiendo en el imaginario social al espacio público como valor significante.

Las políticas privatizadoras iniciadas por la dictadura mermaron la idea del espacio público como el lugar del recreo y el encuentro: ahora estos se relegarían al mall y a otros espacios asociados al consumo. Así, como la brutal represión civil acabó derivando en la domiciliación del espacio de lo político: la conversación política ahora sería de la puerta para adentro, desarraigando al espacio público de su principal valor semántico, ser el centro cívico de discusión y deliberación política y ciudadana.

De esta manera, se entiende que para que exista una efectiva recuperación del espacio público no basta con volver a ocupar las calles y plazas como lugares de recreo, sino que hace falta recuperar el sentido del espacio público como espacio de lo político.

Hace falta devolverle una connotación de encuentro, reunión y participación a un espacio urbano que, por razones políticas y porque en su constitución priman factores económicos, tiende a ser inerte: considerado como el espacio del tránsito entre la vivienda, el trabajo y la oferta comercial, y no como el lugar donde pasan las cosas y menos uno con el cual los ciudadanos se sientan comprometidos.

Este espacio urbano constituido en términos instrumentales desde un poder económico-político dominante, tiene funciones particulares, y su uso está reservado para ciertas actividades específicas, usualmente asociadas al tránsito y a la velocidad o al control y la seguridad. La efectiva recuperación del espacio surge cuando la ciudadanía desafía la naturaleza enajenante y unívoca de los espacios que mora y transita, abriéndose a la posibilidad de que sea la ciudadanía misma la que constituya la ciudad, por medio de la proliferación espontánea de nuevos espacios, abiertos al cambio, respetuosos de las diferencias, participativos, vinculantes, etc., y constituyendo representaciones positivas de estos.

En esta misma línea, se vislumbran ciertas señas durante las movilizaciones de este año (2011), en que hemos visto una ciudadanía que se une en relación a una demanda transversal, y ocupa el espacio de la ciudad como la plataforma desde donde se hacen públicas las demandas comunes. En esta constante ocupación de la ciudad como un medio de difusión, encuentro, organización, etc. se ha modificado, quizás para siempre, nuestro paisaje.

La toma, por ejemplo, de alguno de los cientos de liceos durante estas movilizaciones, es la acción de los estudiantes de efectivamente “hacer suyo” este espacio que entienden como autoritario y semi-carcelario. Los pasillos homogéneos se llenarán de pancartas, las salas de clases serán habitadas, dormidas, desayunadas, vividas. Las funciones descolocadas cambiarán para siempre el paisaje del liceo y la concepción que los estudiantes tendrán de éste. Un acto temporal, en este sentido, se vuelve una transformación efectiva y permanente del espacio.

El hecho de desvincular a este lugar de su fin original, asociado a una postura condescendiente con un orden de cosas establecido y criticado, con el sencillo acto de usarlo de un modo distinto -en este caso, además, como plataforma de un movimiento de reivindicaciones ciudadanas- es entendido como una forma de “liberar” a este territorio de su funcionalidad en relación con un sistema mayor de orden, distribución y control a nivel espacial y social.

Este espacio, liberado de su funcionalidad al orden hegemónico, es “re-fundado” como un escenario autónomo y desterritorializado, abierto ahora a la espontaneidad: unitario, ya no sirve a un contexto ya que vale por sí mismo, es desorientado, abierto, espontáneo.

De este modo, se enarbola una bandera de autonomía, participación y creación de nuevos espacios ciudadanos, muy a tono con los planteamientos del Derecho a la Ciudad: que la construcción de ciudad se rija por la idea de que ésta es, principalmente, un espacio de interacción y encuentro entre personas, y no al paradigma que domina el actual acontecer urbanístico, donde ésta es vista en relación con un valor de cambio y como una posibilidad de expansión económica.

Es por ello, que el frontis de la Casa Central, la toma de Plaza Italia, la toma de los liceos, las plazas y esquinas de los caceroleos, intervenciones y actos públicos, por nombrar algunos, corresponden a la lógica de espacios anónimos convertidos en “lugares” de lo político. Espacios que, al alero de una demanda ampliamente reconocida, fueron reterritorializados, para ahora ser comprendidos como propios, como patrimonio ciudadano. De todos estos espacios temporalmente constituidos, muchos habrán sido el lugar para el encuentro de un grupo de personas que, tras sucesivos encuentros, inimaginables en otras circunstancias, han formado organizaciones territoriales, barriales, estudiantiles, gremiales, culturales, políticas, que trascenderán este escenario de movilizaciones, para constituirse como las células de una ciudadanía robusta y activa.

Podríamos pensar que de este manera, con pequeños enclaves “liberados”, como en una estrategia de los mosquitos en que cada uno de estos enclaves actúa como una partícula de un sistema mayor, o como una aguja en un tratamiento de acupuntura a nivel urbano, podríamos devolverle a nuestras ciudades el vigor de ser el principal escenario del acontecer público y político.

por Juan I . Feuerhake

Estudiante de 3er año de la Carrera de Arquitectura FAU

Publicada en Plataforma de Publicación Estudiantil

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