La gran ventaja de tomar apuntes en el proceso del aprendizaje

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Era común en el pasado la existencia de una competencia tácita por tomar los mejores apuntes en clase, por reproducir de mejor forma los dibujos y esquemas que hacía el profesor y más, luego de llegar a casa, estos apuntes se completaban y mejoraban, se pasaban en limpio. Ello conducía a una internalización y asimilación mucho más acabada y comprensiva de las materias cursadas, permitiendo que el desarrollo de temas en las pruebas fuera mucho más fluido, comprensible, bien redactado en oraciones completas y coherentes.

Difícil es pensar que ello vuelva ocurrir, que vuelva a estar presente en las salas de clase. Producto de una modernidad ineficiente en este aspecto, hemos mal acostumbrado a nuestros alumnos y futuros profesionales y académicos de remplazo a llegar a las salas no con el cuaderno bajo el brazo, sino más bien con algún artefacto electrónico de uso múltiple o con el diario que les regalaron en una esquina cualquiera. Su actitud en la sala de clases ante la exposición del profesor suele generar un triste escenario: Alumnos distraídos, durmiendo, jugando obnubilados con la última tecnología, haciendo cualquier dibujo o raya en una hoja de papel e incluso leyendo el diario o haciendo el puzzle. Esta muestra de desidia y desinterés es un triste escenario que no entusiasma al profesor a desarrollar mejores clases y, a la larga, para no provocar colapsos estudiantiles, a bajar los niveles de exigencia.

Hemos mal acostumbrado a los alumnos a que todo se les entregue hecho, se les faciliten los power points de la clase, se les entreguen apuntes de la materia o que les pongan a disposición las clases en cualquier plataforma del ciberespacio. Antes eran los mismos alumnos quienes se reunían y preparaban apuntes que después distribuían entre sus compañeros, había grupos de estudio según las habilidades para tal o cual temática. Ello hoy ya no existe, sólo una pantalla frente a la que se sientan y esperan que los conocimientos les sean incorporados por osmosis espontánea.

Frente a esta situación, no cabe duda que los problemas detectados ya en algunos países de Europa y reseñados en el documento a continuación por el Dr. Guillermo Jaim Etcheverry, medico, educador y ensayista, y ex rector de la Universidad de Buenos Aires, debieran llevar a todos a repensar críticamente las nuevas metodologías del proceso enseñanza-aprendizaje…

Propósito: Que llegue a maestros, educadores en general y -por supuesto- padres de familia con niños en edad escolar.

Escrito a mano

Hay noticias de que en Inglaterra se vuelve a usar la estilográfica para que los estudiantes recuperen el aprendizaje de la grafía. En Francia también se considera que no se debe prescindir de esa habilidad, pero allí el problema reside en que ya no la dominan ni siquiera los propios maestros.

Aunque el mundo adulto no está aún preparado para recibir las nuevas inteligencias de los niños producto de la tecnología, la pérdida de la habilidad de la escritura cursiva explica trastornos del aprendizaje que advierten los maestros e inciden en el desempeño escolar.

En la escritura cursiva, el hecho de que las letras estén unidas una a la otra por trazos permite que el pensamiento fluya con armonía de la mente a la hoja de papel. Al ligar las letras con la línea, quien escribe vincula los pensamientos traduciéndolos en palabras.

Por su parte, el escribir en letra de imprenta implica escindir lo que se piensa en letras, desguazarlo, anular el tiempo de la frase, interrumpir su ritmo y su respiración.

Si bien ya resulta claro que las computadoras son un apéndice de nuestro ser, hay que advertir que favorecen un pensamiento binario, mientras que la escritura a mano es rica, diversa, individual, y nos diferencia a unos de otros.

Habría que educar a los niños desde la infancia en comprender que la escritura responde a su voz interior y representa un ejercicio irrenunciable. Los sistemas de escritura deberían convivir, precisamente por esa calidad que tiene la grafía de ser un lenguaje del alma que hace únicas a las personas. Su abandono convierte al mensaje en frío, casi descarnado, en oposición a la escritura cursiva, que es vehículo y fuente de emociones al revelar la personalidad, el estado de ánimo.

Posiblemente sea esto lo que los jóvenes temen, y optan por esconderse en la homogeneización que posibilita el recurrir a la letra de imprenta. Porque, como lo destaca Umberto Eco, que interviene activamente en este debate, la escritura cursiva exige componer la frase mentalmente antes de escribirla, requisito que la computadora no sugiere.

En todo caso, la resistencia que ofrecen la pluma y el papel impone una lentitud reflexiva.

Como en tantos otros aspectos de la sociedad actual, surge aquí la centralidad del tiempo. Un artículo reciente en la revista Time , titulado: Duelo por la muerte de la escritura a mano, señala que es ése un arte perdido, ya que, aunque los chicos lo aprenden con placer porque lo consideran un rito de pasaje, “nuestro objetivo es expresar el pensamiento lo más rápidamente posible. Hemos abandonado la belleza por la velocidad, la artesanía por la eficiencia.

La escritura cursiva parece condenada a seguir el camino del latín: dentro de un tiempo, no la podremos leer”. Abriendo una tímida ventana a la individualidad, aún firmamos a mano. Por poco tiempo…


por Dr. Francisco Ferrando A.

Departamento de Geografía – FAU
Universidad de Chile

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