Palabras para Fernán

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Palabras pronunciadas por el profesor Antonio Sahady

Acto de homenaje y despedida a Fernán Meza

11 de noviembre de 2015

Antonio Sahady

Fernán pasó por la Facultad dejando tras de sí una estela de colores que inquietaban las aulas. Una estela larga y generosa desde la que se esparcían sus gestos y ademanes, su voz sonora y su mirada verdeazul.

Fernán se identificaba con los impredecibles juegos del arte mucho más que con el tedioso rigor de los textos científicos. Curiosamente, sin embargo, su seminario de investigación, desarrollado en el Departamento de Historia, se apega con rigor a la verdad histórica. Y como rara ironía, siendo él un académico intransablemente teñido por la mística de la Universidad de Chile, tomó, como tema de estudio para su seminario, la Casa de Lo Contador.

Fernán se identificaba con los volantines y todos aquellos artefactos con vocación de altura. Él mismo hubiese querido ser un pájaro en libertad, en largo peregrinaje, abriéndose paso entre flores abigarradas y árboles de fronda exuberante.

Tenía complicidad con el brochazo gordo y con la mancha encendida. Con la pintura chorreando al son del cuerpo en movimiento. Los muros de Cerrillos se vestían de fiesta cuando los estudiantes, brocha en sendas manos,  ejecutaban la danza del arte. Gimnasia de colores. Arte kinético en su más nítida expresión. Pero también cultivaba una estrecha amistad con los cánones renacentistas, con la métrica de Vitruvio, con la insondable sonrisa de la Gioconda. Era más amigo de la figura gigante que del dibujo pequeño, del pregón a gran volumen que del susurro al oído.

De pie frente a los alumnos, desenfundaba su arenga entusiasta capaz de desasosegar sus espíritus y tocar de ellos las fibras más sensibles. Y de allí obtenía materia artística, y líneas y manchas y colores. Algo así como una abeja en el jardín, extrayendo polen para convertirlo en miel.

Fernán nunca buscó el reconocimiento. Pero cuando se hizo acreedor a él, lo recibió alegremente. Con motivo del Premio “Sergio Larraín García Moreno”, entregado por el Colegio de Arquitectos de Chile a los docentes que han dejado huellas en el quehacer arquitectónico nacional, señaló, con firme convencimiento:

Me merezco el premio al igual que todos mis colegas que han sido homenajeados aquí hoy día, y asimismo, se lo merece toda la gente que se entrega a su oficio con cariño.”

Fernán era profesor de tiempo completo. Su pasión por la docencia llenó todos los espacios de su trayectoria académica. La nómina de alumnos y discípulos que cinceló sin proponérselo es interminable. Quienes lo tuvimos de maestro sabemos la hondura de la huella que deja su enseñanza. Informal y, sin embargo, estrictamente disciplinada. Nos tuvimos que acostumbrar a admitir con decoro los certeros dardos críticos que asestaba sin misericordia cuando los trabajos le parecían deslavados y sin alma. Explotaba de júbilo, en cambio, a la hora de los hallazgos o algún asomo de genialidad.

Una vez tuve un sueño: estaba Fernán Meza pulcramente afeitado, con un terno azul marino, camisa blanca y corbata verde, chaqueta cruzada y, además, correctamente abotonada. Se expresaba en un castellano castizo y construía frases solemnes, sembradas de lugares comunes. Como si no fuera suficiente, todo lo decía en voz baja, en sordina, como si quisiera pasar inadvertido. Fernán, ¿inadvertido?

Sentí un gran alivio al despertar. Es bueno que el mundo cambie, pero, por favor, que no cambie Fernán, pensé en ese momento.

Cuando me volví a encontrar con él me alegré de que fuera el mismo de siempre, que levitara sobre su calzado blando y que extraviara su mirada verdeazul entre los sueños que se seguían descolgando desde su aura, en colores vivaces.

Su saludo fue, como siempre, un violento palmotazo en mi hombro. Yo sabía que debía interpretarlo como un suave apretón de manos. Mejor aún, como un gesto de amistad profunda. Porque tras esa brusquedad consciente, se guarecía celosamente una sensibilidad cultivada, desde la que brotaban los afectos de un hombre que paladeaba con fruición la compañía de sus amigos y la vida gregaria.

Sus obras lo sobreviven y lo retratan. Agudo observador, quedan para la admiración las figuras y rostros angélicos que plasmó en técnicas rápidas con delicadeza sacramental, sin el más leve atisbo de rudeza.

Reconozco en Fernán uno de mis más queridos maestros y, con certidumbre, el más pertinaz motivador de mis propias empresas artísticas.

Muchas gracias, inolvidable Fernán.

Fernán Meza

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