Post scríptum: Reflexiones colaterales a partir de la Bienal de Venecia

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Por Felipe Corvalán T.

Académico Departamento de Arquitectura

Figura 1. Acceso exhibición Giardini, Bienal de Arquitectura Venecia, 2016. Fotografía: Autor.

Figura 1. Acceso exhibición Giardini, Bienal de Arquitectura Venecia, 2016. Fotografía: Autor.

Si atendemos a las reflexiones desarrolladas por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, el análisis de una determinada área de pensamiento o producción cultural debe trascender a la presencia física de las obras. Textos, discursos, imágenes e instituciones forman parten del marco apreciativo que nos permite acceder a estas obras, orientando su comprensión y lectura, por tanto también requieren de nuestra atención.

En el caso específico de la arquitectura, abundan las manifestaciones que complementan y amplían  la información obtenida a través de los edificios, configurando aquello que podemos denominar cultura arquitectónica. Tal es el caso de las bienales de arquitectura, cuyo alcance y contribución no deja de ser discutible, a medio camino entre la autolegitimación y el intento de congregar a visitantes no expertos, ajenos al campo arquitectónico. En este ámbito, la Bienal de Arquitectura de Venecia es una de las exposiciones más reconocidas a nivel internacional. Realizada como sección independiente desde el año 1980, la muestra y sus distintas propuestas curatoriales han intentado marcar la pauta de las discusiones y debates al interior de la arquitectura.

El pasado domingo 27 de noviembre se dio por finalizada la decimoquinta versión de la Bienal de Arquitectura de Venecia. Sin embargo, la declarada impronta política y social que guió la muestra constituye un debate inacabado y necesario para el desarrollo de la disciplina. Si la edición anterior fue encomendada a Rem Koolhaas y su polémica propuesta Fundamentals, este año, como es sabido, la dirección curatorial estuvo a cargo del arquitecto chileno Alejandro Aravena. Bajo el título Reporting from the front, la muestra planteó la necesidad de repensar el área de acción de la arquitectura, comprometiendo sus operaciones con las problemáticas sociales que desafían al mundo contemporáneo. Una reflexión que, por cierto, implica reconsiderar la dimensión política de la arquitectura, su capacidad de detonar –o al menos promover– cambios efectivos en la calidad de vida de los habitantes de una determinada ciudad o territorio.

En este contexto, tanto en la muestra central como en las exposiciones particulares de cada uno de los países participantes, se intentó poner de manifiesto una sensibilidad distinta, a través prácticas y discursos que incorporan los grandes retos de la sociedad actual. El desafío de la sustentabilidad, la necesidad de dar respuesta a los nuevos flujos migratorios, el déficit habitacional, las catástrofes naturales y la promoción de un desarrollo más justo y equitativo, son alguno de los puntos de contacto más significativos entre la arquitectura y el mundo real propuestos por la Bienal.

Sin embargo, pese a las buenas intenciones y al aporte que en sí mismo constituye la propuesta curatorial, subyacen en la muestra ciertas tensiones que lejos de estar resueltas, estimulan una reflexión más profunda sobre los alcances de la disciplina y su señalada dimensión social. En función de los proyectos e intervenciones reunidos por la Bienal, parece oportuno sugerir que no se trata solamente de ampliar o diversificar los usos y programas tradicionalmente abordados por la arquitectura. También es necesario modificar procedimientos, repensar el rol y sentido de las operaciones arquitectónicas. De lo contrario, tal como ocurre con parte de la muestra en cuestión, se corre el riesgo de simplificar en demasía la complejidad de los problemas enfrentados, limitando las respuestas desde la arquitectura a cuestiones meramente formales o estilísticas, a procedimientos solo reconocibles por entendidos.

Sin abandonar las especificidades de la disciplina, es necesario repensar la excesiva autonomía que suele guiar al proyecto, que legitima sus operaciones tomando distancia de la realidad y sus contingencias. Las conflictos y desafíos enunciados por la Bienal de Venecia requieren de un proyecto arquitectónico y urbano dialogante, que reemplace el trabajo apriorístico por respuestas debidamente contextualizadas, incorporando de manera efectiva y no decorativa a las comunidades involucradas.

Más allá de procedimientos grandilocuentes y de la sobrevaloración de la capacidad de la arquitectura para solventar por si sola problemáticas de alta complejidad, urge una comprensión de la disciplina relacional y dialogante. Una arquitectura atenta a las demandas que emergen desde la sociedad, dispuesta a trabajar colaborativamente con otras áreas de estudio, cuestión que no supone una renuncia a su relevancia específica, sino más bien un reposicionamiento crítico de sus posibilidades. Probablemente de este cambio de orientación –desde la autolegitimación hacia el diálogo colaborativo– dependa  buena parte de la capacidad política de la arquitectura.

En esta dirección, el trabajo desarrollado por el GrupoTalca, presente en la Bienal, constituye un interesante ejemplo de intervenciones arquitectónicas debidamente situadas, concebidas en función de las demandas de la comunidad y los recursos disponibles. Una manera de entender el proyecto que actúa in situ, que convierte su ejecución en una experiencia compartida de alto nivel significativo para los actores participantes.

Figura 2. Mirador de Pinohuacho, GrupoTalca, exhibición Arsenale, Bienal de Arquitectura Venecia, 2016. Fotografía: Autor.

Figura 2. Mirador de Pinohuacho, GrupoTalca, exhibición Arsenale, Bienal de Arquitectura Venecia, 2016. Fotografía: Autor.

Refiriéndose a la obra de Kafka, Gilles Deleuze y Félix Guattari enuncian los alcances de una literatura menor. Bajo esta mirada, la comprensión de lo minoritario no supone una deficiencia o condición negativa, sino más bien la articulación de una posición alternativa frente a lo dominante, que reemplaza la individualidad por el valor de lo colectivo, resistiendo críticamente frente a la repetición automática de procedimientos aprendidos. La comprensión y puesta en marcha de una arquitectura menor puede ser un buen comienzo para revitalizar los alcances políticos de la disciplina y su manido compromiso social.

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