Reconstruyendo el mercado editorial en Chile

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Hubo un tiempo que fue hermoso: un tiempo en que los libros se editaban por miles, en que el estado se involucraba con la educación de su pueblo y se hacia cargo de textos, libros, publicaciones e impresos por cientos, por miles. Hubo un tiempo en que las imprentas no paraban de funcionar y que la industria editorial era pilar fundamental en el desarrollo de la cultura y la educación del país.

Hubo otro tiempo que fue triste: un tiempo en que los libros debían ser revisados por censores y que libros que tenían ciertas ideas eran quemados, escondidos, retenidos o desaparecidos. Hubo un tiempo en que algunas historias sí se podían contar y otras se debían callar.

Hoy en día, hacer libros en Chile puede parecer una tarea difícil; y hacer libros en Chile de manera independiente pareciera una tarea titánica en un mercado y una industria que se reconstruye desde estos tiempos tristes hacia tiempos mas hermosos.

En el escenario actual existen por un lado las grandes editoriales, las que manejan sus contenidos bajo criterios de mercado, en donde se busca una buena ganancia a costa de productos y publicaciones probadamente exitosas de autores atractivos: un chef de moda, una comediante famosa o una psicóloga de matinales, son los nuevos autores que buscan estas editoriales, asegurando su flujo a través de un producto llamativo y transversal, que de una u otra manera  permita seguir publicando esos libros de autores desconocidos, que escriben muy bien, que todo el mundo comenta, pero que nadie compra.

En otro lugar de este escenario están las editoriales pequeñas o independientes, esas que acometen la difícil tarea de publicar los títulos que faltan en una biblioteca histórica o autores y temas que van mas allá de las ventas, autores que apuestan por libros visuales que no son para estar sobre una mesa de centro, sino que contienen las imágenes y fragmentos necesarios para contar la historia, para reconstruirla o para poner en valor a aquellos artistas y creadores que merecen estar en ese maravilloso objeto impreso que es un libro.

Y hacer eso es asumir riesgos.

Es invertir y querer que el mercado se expanda; que el chef de moda pueda convivir con el grafista desconocido de los años setentas, porque, viéndolo positivamente, todo aporta, todo es valido y habrá publico, aunque el chef de moda y la psicóloga vendan cinco o diez veces más que esos libros hechos a pulso y sin presupuesto.

Y el riesgo esta ahí, conviviendo con cada idea o proyecto, amenazando donde más duele, preguntándonos todo el tiempo: ¿y cómo vas a financiar este libro?

La respuesta será que habrá que invertir lo que no tenemos, o habrá que postular a un Fondo, con la esperanza de que una comisión o jurado entienda el valor que hay detrás de una idea, y es entonces, cuando esta idea no es comprendida, cuando un proyecto queda sin financiamiento y todo el esfuerzo parece diluirse, que nos RECUERDA que nuestra industria editorial es frágil y desequilibrada.

En una postulación a un Fondo, podemos encontrar desde proyectos de una editorial que, a través de su plataforma de negocios podría generar los recursos necesarios, hasta proyectos de micro editoriales que dependen de esos mismos Fondos para realizar el trabajo y sustentar su propio futuro. Una competencia a veces desequilibrada que en nada ayuda a diversificar el mercado, las ideas y los títulos para leer.

Por eso, resistirse a la idea de que los libros tengan que llevar el logo del Gobierno de Chile en su contratapa para poder ver la luz es una opción marginal, que nos recuerda por qué fue que queríamos hacer libros,  que muchos partimos haciendo publicaciones y fanzines que no iban mas allá de la fotocopia y del registro mal hecho, pero que cumplían con un requisito indispensable a la hora de publicar: la honestidad. Esa honestidad brutal, que nacía de la rabia adolescente, de la carencia de recursos y que evolucionó con el tiempo, llevando a sus autores a proyectos más ambiciosos, realizando proyectos iluminados por el entusiasmo adolescente pero con la ambición adulta de dejar un legado, un registro de calidad de una labor creativa.

Finalmente no todos los libros tendrán que llevar el logo del Gobierno, y no todos los libros tendrán que ser en papel satinado y con tapas duras. Habrá que investigar y validar nuevas formas, nuevos formatos y nuevas vías de distribución para complementar y apoyar este mercado pequeño y desequilibrado que poseemos.

Rodrigo Dueñas

Académico Departamento de Diseño FAU

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