Situación del agua y el proyecto de ley de protección de glaciares

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Por Dr. Francisco Ferrando Acuña

Geógrafo de la Universidad de Chile

Director Académico de la FAU

Respecto del recurso hídrico, se debe visualizar a los glaciares blancos como tranques de agua en estado sólido que se autorregulan en relación con la temperatura, pero que no se están recargando en las condiciones climáticas actuales. Prácticamente no existen condiciones de temperatura para que la nieve se transforme en neviza y luego en hielo, dado el calentamiento persistente en la alta montaña (proceso de al menos 4 a 5 años). Por lo tanto los glaciares no son un recurso natural renovable a escala humana del tiempo dada la tendencia térmica imperante.

En invierno: con temperaturas más bajas y ocurrencia de precipitaciones líquidas (lluvia) y sólida (nieve), los glaciares blancos disminuyen su aporte de agua de fusión a ríos y napas.

En primavera: comienza el derretimiento de la nieve según altitud. Primero derrite la nieve de baja montaña y gradualmente con el avance de la estación va derritiéndose la nieve a cada vez mayor altitud. La nieve alta montaña derrite hacia fines de primavera y el resto durante el verano.pascua lama

En verano: ausencia de lluvia, precipitaciones sólidas de alta montaña escasas (tormentas eléctricas). Por aumento de temperatura estacional, los glaciares incrementan significativamente su aporte de agua por fusión, ayudando a mantener el escurrimiento de los ríos y aportando a vegas de montaña y napas.

Y en otoño: se iniciaría el período de las precipitaciones acompañado de un descenso gradual de las temperaturas. Sin embargo, debemos tener presente que el año hidrológico comienza el 1° de mayo y no el 21 de marzo (transición de un estado de agotamiento estacional del sistema hidrológico superficial y subterráneo a el inicio de la recarga gradual
del mismo).

En este contexto, los glaciares constituyen una reserva hídrica estratégica y finita, la cual debemos procurar que se mantenga lo más posible en el tiempo mientras las medidas de adaptación al cambio climático prosperan, es decir, se idean, se analizan, se aprueban, se financian, se aplican y se comienzan a ver sus frutos.

Pero cuidado, ello no quiere decir que vayamos a poder prescindir de los glaciares y el agua que aportan, pues ellos son fundamentales para la humedad atmosférica (evaporación y sublimación), para la mantención de los ecosistemas de montaña, y para la alimentación de vegas, humedales, esteros, ríos y napas.

Al respecto, se puede afirmar con absoluta seguridad que no existe mecanismo artificial alguno que pueda ser tan eficiente y pueda reemplazar el aporte de la nieve y el hielo de los ambientes de montaña a las aguas subterráneas y que de nacimiento a los cursos de agua.

También cumplen la trascendental función de ser reguladores del calentamiento al actuar como verdaderos refrigeradores y humedecedores de las masas de aire que sobre ellos circulan, contribuyendo con ello a la disminución de las temperaturas.

Dado este escenario, en la situación actual no es posible prescindir del agua que nos aportan los glaciares, por lo que estos deben ser protegidos por ley.

En esta situación, llama la atención que de parte del delegado presidencial para los temas del agua no se haya escuchado palabra alguna respecto del proyecto de ley de glaciares, el cual como se está viendo, el gobierno quiere jibarizar, minimizar en sus alcances y restricciones respecto del texto original de la ley presentada y justificada anta la comisión de medio ambiente del senado en el 2014.

A los glaciares blancos tenemos forzosamente que agregar la presencia de hielo en forma de glaciares rocosos, término genérico que incluye toda una variedad y tipología de cuerpos de hielo y detritos, desde los semicubiertos hasta los glaciares de escombros, diferenciados por la proporción de agua en estado sólido respecto de los materiales morrénicos en coexistencia.

A ello se suma la presencia, con diferentes grados de continuidad según altitud, del permafrost, es decir, del hielo contenido en los intersticios y grietas de las rocas del sustrato montañoso, cuyo volumen y dinámica es prácticamente desconocido en la cordillera de los andes. Sin embargo, no cabe duda que cada vez que se excava en las montañas sobre 4000 msnm en los Andes semiáridos y sobre 3000 msnm en los Andes centrales, se destruye permafrost y, con ello, parte del recurso hídrico sólido presente en el subsuelo andino.

Estamos enfrentado una prolongada sequía, lo que conforme a la dinámica evolutiva de esta situación, implica que la condición de déficit hídrico se agudiza cada vez más. En la actualidad, en la cuenca del Río Aconcagua se habla de un 54% de déficit de precipitaciones, que el caudal es de un 62% menos que el promedio y que la acumulación de nieve es solo del 48% con relación a la media interanual. al respecto, se reconoce que los ríos de la zona central, desde la cuenca del Río Aconcagua a la del Río Tinguiririca reciben en el verano una fuerte contribución de los glaciares, la que llega al 70 % del caudal (Rivera, CECS, 2015).

En cuanto al agua almacenada, el tranque los aromos con capacidad para 35 millones de metros cúbicos hoy en día solo tiene 6 millones de m3; el embalse peñuelas, con capacidad para 95 millones de m3, hoy solo contiene 4 millones. La región de Valparaíso enfrenta un escenario de racionamiento del agua potable y de carencia grave del recurso para otros usos.

Se afirma que la región Metropolitana tiene más agua que las regiones vecinas, lo cual se justificaría por menos años con déficit pluviométrico y mayor inversión en obras durante los últimos años por la empresa responsable del suministro.

Llama la atención la omisión del agua aportada por las importantes reservas de los glaciares y el permafrost presente en la alta montaña, como el caso del campo de glaciares Olivares, los glaciares del Plomo y de La Paloma. Estos están fundiendo a mayor velocidad y aportando a las reservas hídricas y los caudales de los ríos y napas de la región, pero ello es a expensas de un recurso limitado y que no se está recuperando. es evidente la drástica reducción del Glaciar Echaurren, del Campo de Glaciares Olivares, y el colapso del Glaciar San Francisco y del Glaciar Pirámide entre muchos otros, lo cual significa irremediablemente que su aporte abundante del hoy será la carencia o sequía de mañana.

Una situación regional que sirve de comparación es la que está enfrentando la Araucanía, donde prácticamente no existen glaciares (salvo en algunos volcanes) y la cordillera es bastante baja, por lo que la nieve es poca y se derrite cada vez más tempranamente producto del calentamiento.

glaciar echaurren

Ello, sumado a la reducción progresiva de las precipitaciones, incluso las frecuentes lluvias estivales de hace unas décadas atrás, ha llevado a un déficit hídrico que ha obligado a llevar agua a poblaciones rurales en camiones aljibes, con un alto costo para el gobierno regional y sus municipios.

Dado lo expuesto, es absolutamente necesaria la adecuada consideración de esta situación, así como imperiosa la valoración y protección de los glaciares que nos quedan por sobre cualquier otra consideración.

Bajo estas consideraciones, llama profundamente la atención el reciente fallo del 2° Tribunal Ambiental, el cual desestima las pruebas objetivas del impacto del Proyecto Minero Pascualama en los glaciares y glaciaretes de la alta montaña del Río Huasco, los cuales han tenido efecto en la fase exploratoria y de instalación de faenas. No cabe duda que de pasar a la fase de explotación los impactos y la destrucción de la criósfera local serán mucho mayores. En este sentido el tribunal falló a favor de proyecto minero mirando el pasado reciente y careciendo completamente de una visión de futuro, en la que se avizora un claro impacto sobre la cantidad y calidad del recurso hídrico del valle, más allá de los posibles efectos del cambio climático.

Recientemente la ONU ha señalado que la disponibilidad de agua en los próximos 15 años caerá en un 40% si los países no cambian drásticamente el manejo de este recurso vital, lo cual se asocia con el secamiento progresivo de las napas y las tendencias proyectadas en los patrones pluviométricos. Esto no es más que un grave signo de alerta ante el cual no es posible posponer las leyes, medidas y decisiones producto de intereses políticos y de presiones de grupos económicos nacionales e internacionales por sobre cualquier consideración de equidad social y ambiental, de desarrollo sustentable y de posibilidades de mejor calidad de vida para las nuevas y futuras generaciones.

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