El escenario del agua por el cambio climático debe preocupar y responsabilizar a todos

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La situación del país en términos de recursos hídricos se encuentra en jaque, no sólo por la desigual distribución natural del agua a lo largo de nuestro territorio, sino por la situación real de las reservas de agua en algunas regiones conjuntamente con las tendencias del clima, desprendidas de las investigaciones sobre el cambio climático llevadas a cabo tanto a nivel mundial como nacional. La escasez es ya una realidad en la Región Metropolitana, y el déficit y el racionamiento no son un fantasma lejano.

Aunque el agua constituye un compuesto natural cuyo volumen se considera constante a nivel planetario, se están registrando cambios en su distribución espacio-temporal que hacen variar su disponibilidad en diversas regiones del mundo, más allá de la evidente desigualdad de su distribución global.

Chile, al igual que la mayoría de los países andinos, puede jactarse de disponer de importantes reservas de agua en profundidad y en superficie, en estado sólido o líquido. Sin embargo, al igual que a nivel planetario, la distribución es muy disímil de Norte a Sur, y también de Este a Oeste. En este escenario, Santiago con sus cerca de 300 mm de pluviometría anual promedio en los últimos 30 años se encuentra prácticamente en el límite entre los ambientes semiáridos y áridos.

Esta situación se está viendo agravada por las tendencias que en cuanto a temperatura y precipitación ha estado presentando el clima de la Región Metropolitana entre otras. Las causas son múltiples, pasando por el fenómeno ENSO, por el calentamiento global, el efecto invernadero, la destrucción progresiva de la capa de ozono, las variaciones de la fuerza radiante del sol, el rol de las nubes pardas y los cambios en la circulación regional de los vientos.

Múltiples son los estudios sobre todos estos fenómenos en todas partes del mundo y, aunque sus resultados y predicciones no son totalmente concordantes, resultado en parte de la gran gama de modelos predictivos que se están empleando, existe acuerdo en dos posibles escenarios respecto de las tendencias climáticas: calentamiento y calentamiento. La diferencia es sólo la magnitud de éste y la velocidad con que ocurra. Cualquiera de ellos se concrete en la realidad, las consecuencias serán severas para la biosfera con diferencias de algunas décadas solamente. Uno de los principales impactos derivados ya está teniendo efecto y se plantea su agudización: déficit hídrico.

En este contexto, el cual es ampliamente aceptado, ya a nivel de las autoridades y organismos asociados a la producción de agua potable se están tomando prevenciones e iniciando acciones en este ámbito. De allí por ejemplo, el proyecto CAS (Clima-Adaptación-Santiago) que está desarrollando el Ministerio del Medio Ambiente, entre otras iniciativas.

Sin embargo, al parecer la gran mayoría de los habitantes urbanos parece no percatarse de los problemas que se avecinan, toda vez que aún sale agua cuando se abre la llave. La verdad es que en parte importante estamos usufructuando no del recurso, sino de las reservas hídricas del sistema. Esto es lo mismo que gastarse los ahorros sin posibilidad de retroalimentarlos.

Muchos son los datos cuantitativos que se manejan, entre los cuales aquellos que prevén una reducción significativa de la precipitación en forma de nieve, incluso del orden del 50% en la cuenca andina del Río Maipo por el calentamiento global, son realmente preocupantes. El escenario es nada alentador. Imagine que pasará si en la Cordillera de los Andes una gran parte de la superficie que ha estado recibiendo nieve como precipitación comienza a recibir lluvia. Además de lo que el alzamiento de las temperaturas significa en aceleramiento de la fusión de los glaciares andinos, el mayor volumen de agua de lluvia provocará un marcado exceso disponible para la escorrentía superficial, lo cual generará frecuentes crecidas y desbordes de ríos con las consecuentes inundaciones, y superávit de agua sobre los suelos producto de lluvias más intensas, con las consiguientes saturaciones y anegamientos. Ello no significará, como algunos pueden pensar, un aumento de las reservas de agua subterránea, puesto que la velocidad del escurrimiento así como la intensidad de las precipitaciones actúan de modo inversamente proporcional a la infiltración.

Lo que si se debe esperar, además de inundaciones y anegamientos, es que la erosión se incremente y que los movimientos en masa se hagan más frecuentes.
Pero, esta situación tiene dos caras. Después de los excesos hídricos de invierno con todas sus consecuencias negativas, nos esperará una mucho más seca y extendida estación de verano, puesto que las fuentes de agua en estado sólido (hielo y nieve de alta montaña) que mantienen tanto los caudales de los ríos en el estío, así como alimentan las napas subterráneas, se habrán reducido a su mínima expresión. Ello augura ríos con cauces provistos de exiguos caudales sino secos, y descenso significativo y progresivo del nivel de las aguas del subsuelo, consecuentemente pozos y norias secos.

Evidentemente, ello plantea escenarios negativos para la sobrevivencia de la flora nativa, degradación ecológica, falta de riego y problemas de producción agrícola y frutícola, problemas de abastecimiento de agua potable en el área urbana, problemas en la producción industrial, problemas de salubridad y saneamiento, etc., y evidentemente incremento de precios y pérdida de calidad de vida, pues para todo se necesita agua.

No se trata de un problema simple y de fácil solución. A menos que la evolución del sistema natural de nuestro planeta y única casa tenga contemplado un reajuste total, a partir de ahora y en forma creciente deberemos afrontar esta vital carencia, la que puede volverse insoportable, misma condición que ha llevado a la ocurrencia de confrontaciones diplomáticas y bélicas a diferentes escalas en el mundo desde ya hace varias décadas.

Alguien podría plantear porque no se hace aquello de Moisés en Egipto, acopiemos el agua cuando haya excedentes para disponer de ella cuando falte o haya déficit. Lamentablemente, el país carece de la infraestructura para ello, y dotarlo de la misma sería un proyecto de largo aliento y elevadísimo costo. Sin embargo, en algún momento se debe comenzar aunque ello no solucione todos los problemas de demanda hídrica del futuro.

También se plantea el mejoramiento de la capacidad de almacenamiento, retención e infiltración de la sección superior de las cuencas hidrológicas. En este sentido aparece como prioritario el manejo de las cuencas de montaña guiado con este propósito. Reducir la presión y la intervención sobre ellas es absolutamente necesario, así como permitir que la cobertura vegetacional se recupere y aporte con uno de sus roles ambientales: el de la regulación hidrológica. En este sentido, la protección de la vegetación de las microcuencas del frente andino de Santiago y de su piedmont constituye una prioridad lógica.
Soluciones de más corto plazo abogan por mejorar la gestión del uso de los recursos hídricos. Desde hace décadas y por recomendaciones de organismos internacionales, además de procurar dotar a todos de agua potable y saneamiento, se ha planteado el introducir cambios tecnológicos que aumenten la eficiencia del uso del agua en el riego y en los procesos industriales, pero no se ha hecho suficiente énfasis en que ello también debe hacerse a nivel de cada hogar, de cada miembro de una familia.

Si con cada grano de arena se forma una playa, con cada gota de agua que ahorremos, que no derrochemos, ayudaremos a construir la reserva necesaria y a dar más seguridad al abastecimiento.

Ello, que debe emanar de cambios en la educación, de internalizar en cada persona una cultura del agua, evidentemente debe ir acompañado de acciones en otros niveles de la sociedad, pues si el problema en breve nos afectará a todos, somos todos los llamados a contribuir con su solución, la cual es evidentemente multiescalar y compromete todas las esferas del quehacer de la humanidad.

por Dr. Francisco Ferrando A, académico Departamento de Geografía

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