Los incendios de Valparaíso y la falta de políticas de resiliencia territorial para zonas de interface urbano rural

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Por Marcela Pizzi K., Decana y Profesora Titular

y Camilo Arriagada Luco, Profesor Asociado, Departamento de Urbanismo

Facultad de Arquitectura y Urbanismo

Universidad de Chile

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La catástrofe del incendio de abril 2014 que afecto al Gran Valparaíso tuvo gran repercusión nacional. La ocurrencia de un segundo incendio de Valparaíso en menos de un año, durante la primera quincena de marzo, consumiendo cerca de 500 hectáreas en Rodelillo y el camino La Pólvora detonó una respuesta más inmediata del gobierno interior y regional visible en la velocidad de la evacuación de residentes y en la dictación del estado de excepción. No obstante seguimos sin una visión clara sobre los lineamientos de política pública territorial que estos desastres indican.

Parece evidente que el cambio climático que se manifiesta en altas temperaturas, sumado a  la erosión y desertificación que avanzan a pasos agigantados desde el norte a las regiones centrales  va adquiriendo una forma espacial que afecta los bordes e interfaces urbano rurales de nuestras áreas metropolitanas. De forma especial para Valparaíso, las dinámicas que muestran los bordes o límites urbanos en las zonas de riesgo de incendios donde se acumulan basurales y vertederos ilegales junto a zonas forestales por un lado y asentamientos humanos por otro. La existencia de planes de erradicación de micro-basurales para esta región no evitó que ocurriesen nuevos incendios, mostrando la necesidad de acciones estratégicas más integrales.

Al respecto, Chile se encuentra en un proceso de discusión sobre una reforma urbana y regional que promoverá a largo plazo la generación de gobiernos metropolitanos, escala que podría aportar de resolución de estos problemas.  Es necesario, sin embargo, abordar una agenda más corta que atienda necesidades de modernización de la gestión sectorial y municipal de regiones urbanas emergentes en la macro región central  donde hay variedad de bordes, corredores e interfaces que combinan fenómenos preocupantes y diversos. Las demás ciudades y sus bordes obligan a extender la preocupación también a las zonas aledañas a las grandes obras viales intercomunales, que atraen la  llegada de condominios sin dar cabida a viviendas sociales para residentes antiguos ni tampoco mitigar los efectos que traen densificaciones abruptas de estos espacios, a lo que se suma  la llegada del automóvil sobre la movilidad y accidentabilidad de los lugareños de menores recursos.

En particular, parece urgente desarrollar reflexión  sobre el conjunto de obras que, en ausencia de regulación y planificación adecuada deben formar parte de planes maestros de localización de inversiones destinados a crear resiliencia urbana en los sistemas de asentamiento involucrados en dinámicas de limite urbano rural y procesos de conurbación y urbanización privada, que distan mucho de estar siendo manejados por la planificación urbana regional y local.  Se trata no solo de reaccionar a catástrofes y reconstruir localidades  con rapidez sino de identificar puntos críticos y riesgos en zonas de concentración de redes, población y personas para intervenirlos en redes de pequeñas obras y generar con ello un salto en la capacidad de manejo de las tensiones ambientales que produce el modelo de crecimiento urbano imperante en nuestro país.

 

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